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En
1156, y tras lentas negociaciones para resolver el testamento
de Alfonso 1 en favor de las órdenes militares, se funda en
Calatayud la casa y encomienda del Santo Sepulcro. Si se exceptúan
las caballerizas y los restos del claustro mudéjar del siglo
XIV, nada se ha conservado de épocas medievales. Los imponentes
volúmenes del edificio actual corresponden a las obras realizadas
entre 1605 y 1613, Y se deben al arquitecto Gaspar de Villaverde.
Se trata de una iglesia de ladrillo, con tres naves, la central
más ancha y alta que las laterales, crucero alineado y presbiterio
profundo para alojar el coro, con ábside semicircular. La
fachada monumental de los pies, con tres puertas, remata en
frontón y va flanqueada por dos torres, adosadas a los dos
lados.
Al
interior, las naves van separadas por pilares cruciformes
de orden toscano, y se abovedan con cúpula con linterna sobre
tambor en el crucero, lunetos en presbiterio, brazos del crucero
y nave mayor, y aristas en las naves laterales. Constituye
uno de los primeros ejemplos de la arquitectura protobarroca
en Aragón, derivada de lo viñolesco, y es obra arquitectónica
de gran trascendencia. En el altar mayor hay un excelente
baldaquino, formado por seis columnas de orden compuesto,
en mármoles, para albergar una talla de Cristo yacente; es
obra dieciochesca, de hacia 1772, de la que se conservan en
el Museo de Arte Sacro un alzado y una sección, y que se suele
atribuir al escultor de Calatayud, Félix Malo.
Los
ocho retablos de las naves laterales, aunque de idéntica tipología
corresponden a dos épocas diferentes, todos dedicados en un
programa común a la Pasión y muerte de Cristo. Seis de ellos
fueron costeados por el prior Juan de Palafox (+ 1620), cuyas
armas llevan, y dedicados a la Oración en el d Huerto, Coronación
de espinas, Piedad, Descendimiento, Camino del Calvario y
Flagelación; según Rubio Semper serían contratados hacia 1615
por el taller de los escultores Francisco del Condado y Juan
de Velasco, y fueron dorados por el pintor Francisco Florén
en 1626. Los otros dos retablos, sufragados por el prior Francisco
Yago de Soria, y dedicados a la Entrada en Jerusalén y Cristo
ante Caifás, fueron contratados en 1658 por el escultor Bernabé
de Jáuregui y el ensamblador José de Campo, y dorados en 1664-66
por Miguel Colás. La sillería del coro, dispuesta tras el
altar mayor, es obra de 1640, de los escultores Pedro Virto
y Bernardo Vililla, aun- que enriquecida con detalles ornamentales
dieciochescos.
Del
resto del tesoro artístico merecen citarse las cuatro tallas
que representan la Asunción, San Jorge, San Miguel y San José,
en la capilla de la izquierda, antigua sacristía; son obra
fina dieciochesca, traídas de Roma, y procedentes de la iglesia
de Santiago.
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